3. El Padre
El credo refleja la Biblia fielmente al sostener la majestad y la misericordia de Dios, su grandeza y su bondad. Afirma que el Creador de todas las cosas acepta ser el Padre de los que confían en Jesucristo. Ya en el Antiguo Testamento, Dios se dio a conocer como el Padre de Israel; pero cuando vino Jesús, este título se volvió más personal y más íntimo. El mismo lo utilizó al dirigirse a Dios, o al referirse a él. A la edad de doce años habló acerca del templo como la casa de su Padre (), y sus últimas palabras en la cruz fueron para entregar su espíritu en manos de su Padre (). No sólo usó el mismo dicho nombre para Dios, sino que nos dio permiso para hacer lo propio (; ). «Padre», por lo tanto, es el título distintivo del cristianismo para Dios. El profesor Joachim Jeremías ha demostrado que en ninguna parte de la literatura de las oraciones del antiguo judaísmo (un inmenso tesoro demasiado poco explorado) encontramos esta invocación de Dios como Abba... Jesús, en cambio, la usaba siempre cuando oraba. De manera semejante, los musulmanes tienen noventa y nueve nombres y títulos para Alá (Creador, Sustentador, Proveedor, Gobernador, etc.), pero ninguno de ellos dice Padre.
Dios no es, empero, el Padre de todos los hombres y mujeres indiscriminadamente. Por cierto que él es el Creador de todo y de todos. Todos los seres humanos son «descendientes» suyos () en el sentido de que son criaturas suyas. Pero el título de «Padre» en un título que Jesús enseñó especialmente para uso de sus discípulos, y tanto Pablo como Juan dejan bien en claro que es sólo mediante el eterno Hijo de Dios que podemos nosotros hacernos hijos e hijas de Dios y ser miembros de su familia. «A cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios» (), porque «todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús» ().
La paternidad universal de Dios y la hermandad universal, de la que mucho se habla, es potencial, no real. No puede hacerse realidad a menos que todos los hombres y mujeres se sometan a Jesucristo y hayan nacido de nuevo. Sería difícil exagerar los inmensos privilegios que tenemos como miembros de la familia de Dios. «¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios! ¡Y lo somos!» (). Sólo así podemos orar realmente, porque sólo así tenemos la debida relación con Dios como nuestro Padre. Al mismo tiempo, él nos da la paz en la medida en que confiamos en él. Porque con semejante Padre, ¿cómo hemos de temer? «No se preocupen, solía decir Jesús, «por su vida, qué comerán o beberán», ni por su futuro. El «Padre [celestial] sabe» decía como antídoto