testimonio de Dios, el Espíritu Santo confirma la palabra de Dios el Padre con respecto a la obra de Dios el Hijo. Por cierto, que los tres soportes de este trípode lo hacen verdaderamente firme y seguro.
Cómo crecer en la vida cristiana
De ninguna manera podemos tomar la gratificante certeza de que Dios nos ha acogido y nos ha perdonado como excusa para sentirnos satisfechos con nosotros mismos. Más bien tendría que ser a la inversa. La seguridad nos impulsa a seguir con Cristo, y a crecer en nuestra vida cristiana, a fin de llegar a la madurez.
La necesidad del crecimiento
El Nuevo Testamento usa varias metáforas para ilustrar el crecimiento cristiano. Veamos cómo explica la distinción entre la «justificación» y la «santificación» del cristiano.
La justificación describe la posición de aceptación ante Dios, que nos viene de él mismo cuando confiamos en Cristo como nuestro Salvador. Es un término legal, tomado de los tribunales judiciales, y el concepto opuesto es el de la condenación. Justificar es absolver, declarar que la persona es justa o inocente, no culpable. De modo que el Juez divino, por cuanto/su Hijo ha llevado sobre sí nuestra condenación, nos justifica declarándonos justos en su presencia. «Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús» ().
La santificación, por otra parte, describe el proceso por medio del cual los cristianos ya justificados son transformados a la imagen de Cristo. Cuando Dios nos justifica, nos declara justos por la muerte de Cristo a favor de nosotros; cuando nos santifica, nos hace justos por medio del poder de su Espíritu Santo, que opera dentro de nosotros. La justificación tiene que ver con la posición externa de aceptación ante Dios; la santificación tiene que ver con nuestro crecimiento interior, que produce la santidad de nuestro carácter. Más todavía, en tanto la justificación es repentina y completa, de manera que nunca tendremos un grado mayor de justificación que la que obtuvimos el día de nuestra conversión, la santificación es gradual e incompleta. No le lleva más que unos momentos al juez en un tribunal judicial pronunciar su veredicto y declarar absuelto al acusado; lleva toda una vida aproximarse siquiera a algo parecido a la semejanza a Cristo.