Creemos en el Espíritu Santo

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Las creencias del cristiano

El propósito principal de su venida será aplicar a los suyos todas las bendiciones de la salvación que ha conquistado para ellos, bendiciones cuyo cumplimiento está pendiente. Los levantará de entre los muertos, les dará cuerpos nuevos y gloriosos como el suyo (), y los trasladará a «un cielo nuevo y una nueva tierra, en los que habite la justicia (), tal como lo prometió. Con todo, el credo enfatiza el segundo propósito de su venida, a saber, el juicio. Cristo aseguró que el Padre «todo juicio lo ha delegado en el Hijo» (), y sus apóstoles declararon que Dios ya había designado al juez y había fijado el día del juicio (; 17:31). Entonces los que se han negado a arrepentirse y creer sufrirán el terrible destino del «castigo de la destrucción eterna, lejos de la presencia del Señor» (), en tanto que los que han acudido presurosos a Jesús en busca de refugio a causa de sus pecados y han huido de la presencia Dios han de heredar, como afirma el Credo Niceno, «su reino», «que no tendrá fin».

Creemos en el Espíritu Santo

Recuerdo haber leído hace algunos años acerca de un hombre en la China que estaba averiguando sobre la fe cristiana, pero que estaba muy perplejo en cuanto al tema del Espíritu Santo, y aún más después de leer que, al ser bautizado Jesús, el Espíritu descendió sobre él como una paloma. «Lo del Padre lo entiendo», dijo el chino, «y lo de Jesucristo su Hijo, pero, ¿quién es esta ave santa?». Podemos comprender a este hombre con su confusión.

Otra razón que hace que sea difícil entender lo del Espíritu Santo es el hecho de que se trata de un Espíritu reservado y modesto. A diferencia de nosotros, no encuentra placer alguno en llamar la atención sobre sí mismo o en que se le tributen alabanzas. Demasiada publicidad lo incomoda. En cambio, su principal ministerio es el de dar testimonio tanto del Padre como del Hijo. Es él quien nos hace decir en oración «¡Abbá, ¡Padre!», y es él quien hace que podamos confesar que «Jesús es el Señor» (; ). De hecho, se ha descrito su papel distintivo como «un ministerio que consiste en centrar la intensidad de la luz de un reflector sobre la persona del Señor Jesucristo ... Cuando se cumple bien esta función, los reflectores se colocan de tal manera que no se les ve... lo que debe verse es solamente el edificio donde están colocados los reflectores». De manera que el Espíritu Santo es «el reflector oculto que derrama su luz sobre el Salvador».

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