La primera verdad que debemos afirmar en relación con el Espíritu Santo es que él es Dios, la tercera persona de la Trinidad. Por lo tanto es eterno. Estuvo activo en la creación, y comparte las tareas de renovación en la misma (; ).
Porque es Dios, es omnipresente; por ello el salmista podía preguntar: «¿A dónde podría alejarme de tu Espíritu? ¿A dónde podría huir de tu presencia?» (). Mentirle al Espíritu es mentirle a Dios (), y rechazar descaradamente lo que sabemos que es verdad es blasfemar contra él (). Dado el hecho de que fue enviado tanto por el Padre como por el Hijo (; 16:17), se le llama igualmente «el Espíritu de Dios» y «el Espíritu de Cristo». Más todavía, Jesús se refirió al él como aquel que «procede del Padre» (), es decir, que derivaba eternamente su propio ser divino de él. El Credo Niceno agrega que también procede «del Hijo». La así llamada cláusula filioque se discutió mucho tiempo, y fue la causa principal del cisma entre las iglesias de Oriente y de Occidente en 1054. Por cierto que carece de apoyo bíblico claro. No obstante, todos concuerdan con la afirmación del Credo Niceno, de que el Espíritu Santo es «el Señor», quien «con el Padre y el Hijo juntamente es adorado y glorificado». De hecho, igual honor le corresponde a cada persona de la Trinidad. El Credo de Atanasio deja la cuestión debidamente aclarada: «La Deidad del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, es todo uno: la gloria es igual, la majestad es coeterna... De manera que el Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios. Y, con todo, no son tres Dioses, sino un Dios».
La personalidad del Espíritu Santo
El Espíritu Santo, quien es Dios, es también un ser personal. A algunos cristianos les resulta difícil comprender esto, porque el Espíritu Santo nunca ha tenido ni tendrá cuerpo. Pero es posible ser persona sin ser corpóreo. Nosotros mismos, durante el interín entre la muerte y la resurrección, seremos espíritus sin cuerpo, pero no dejaremos de ser personas.
Hay dos razones principales para creer en la personalidad del Espíritu Santo. Primero, en el griego del Evangelio de Juan se registra cinco veces que Jesús se refirió al Espíritu Santo mediante el pronombre enfático masculino, «él» (; 15:26; 16:8, 13–14). Esto resulta tanto más notable porque el sustantivo neutro con el sustantivo neutro con el pneuma, «Espíritu». ¡Aquí la gramática debió adaptarse a la teología! El Espíritu Santo no