es una influencia vaga e indefinible, sino una persona viva, no el neutro «ello» sino el masculino «él».
La segunda razón es que Jesús y sus apóstoles afirmaban que el Espíritu Santo tiene mente, sentimientos y voluntad, cosas que generalmente se reconocen como los tres aspectos que constituyen la personalidad. Pablo escribió sobre «la intención [mente] del Espíritu» (), y se refirió a él diciendo que escudriña, enseña, testifica, y habla; todo lo cual sería imposible sin la facultad mental. El mandato a no «agraviar» o entristecer al Espíritu Santo (ver ) deja en claro que también tiene sentimientos. En el griego el verbo «agraviar» aparece 42 veces en el Nuevo Testamento, y en cada una de ellas se refiere a personas. Sólo las personas pueden sentir dolor. Finalmente, el Espíritu Santo también tiene voluntad, porque él distribuye dones a diversos creyentes, «según él lo determina» (). Puesto que puede pensar, sentirse agraviado y adoptar decisiones, llegamos a la conclusión de que es plenamente personal.
La obra del Espíritu Santo
Durante su última noche con los doce, en el aposento alto, Jesús los dejó perplejos cuando les dijo: «Les conviene que me vaya porque, si no lo hago, el Consolador no vendrá a ustedes; en cambio, si me voy, se lo enviaré a ustedes» (). ¿En qué sentidos sería el ministerio del Espíritu mejor que el del Hijo? En dos sentidos. Primero, el Espíritu Santo universalizaría la presencia de Jesús. Los discípulos no podían disfrutar de una comunión ininterrumpida con su Maestro, porque cuando estaban en Galilea, él podía encontrarse en Jerusalén, o viceversa. La presencia de Jesús estaba limitada a un lugar a la vez. Pero ahora, a través de su Espíritu, Jesús está con nosotros en todas partes y siempre. Segundo, el Espíritu Santo internaliza la presencia de Jesús. A sus discípulos les dijo: «Ustedes... lo conocen al Espíritu de verdad, [el Consolador], porque vive con ustedes y estará en ustedes. No los voy a dejar huérfanos; volveré a ustedes» (). En la tierra Jesús estaba con ellos y podía enseñarles, pero no podía ingresar en su personalidad para cambiarlos desde dentro. Ahora, empero, por medio del Espíritu Santo Cristo mora en nuestro corazón por la fe () y allí cumple su obra transformadora.
Al Espíritu Santo se lo ha llamado a veces el «agente ejecutor» de la deidad, entendiendo que lo que el Padre y el Hijo desean hacer en el mundo y en la iglesia en la actualidad, lo ejecutan a través del Espíritu Santo. Los credos dicen poco acerca de esta