Dios hizo todo. Segundo, que lo hizo partiendo de la nada. No había ningún material eterno con el que pudiera trabajar. Tercero, que hizo al hombre, varón y mujer, a su propia imagen. Cuarto, que todo lo que hizo era «muy bueno». Al salir de sus manos era perfecto. El pecado y el sufrimiento fueron invasiones extrañas que se introdujeron en ese mundo hermoso, y lo arruinaron todo.
2. El Sustentador
Cuando el credo habla de «Dios Padre todopoderoso», se refiere no tanto a su omnipotencia como a su control sobre lo que hizo. Lo que creó, lo sostiene o sustenta. Él es «el Hacedor y Preservador de todas las cosas tanto visibles como invisibles» (artículo 1). Dios no le dio cuerda al universo como si fuese un gigantesco reloj de juguete, para luego dejarlo librado a su antojo. No se limitó a hacer sonar un silbato a fin de que comenzara el partido, para luego retirarse a la línea lateral con el propósito de observar el desarrollo del mismo. Por cierto que no. Dios es «inmanente» a su universo. Es decir, está presente y activo en él, sosteniéndolo continuamente, animándolo y ordenándolo, al igual que a sus criaturas. Quizá el tema dominante de toda la Biblia sea la actividad soberana, incesante, y deliberada del todopoderoso Dios. En contraste con los ídolos, que tenían ojos, oídos, bocas y manos, pero no podían ver ni oír, hablar ni actuar, nuestro Dios es un Dios vivo y activo.
A su propia manera, dramática y figurada, la Biblia nos nos deja con duda alguna en cuanto a esto. El aliento de todas las criaturas vivientes está en sus manos. El trueno es su voz; y el relámpago su fuego. Él hace que brille el sol y que descienda la lluvia. Él alimenta las aves del aire y viste los lirios del campo. Es él quien hace de las nubes su carruaje y de los vientos sus mensajes. Hace que crezca la hierba. Sus árboles están bien regados. Calma el rugiente mar. Es él quien dirige los asuntos de los pueblos y las naciones. Los poderosos imperios de Asiria y Babilonia, de Egipto y Persia, de Grecia y Roma, estaban sometidos a su control en última instancia. El llamó a Abraham desde Ur. El libró a los israelitas de Egipto, los condujo a través del desierto y los ubicó en la tierra prometida. Les dio jueces y reyes, sacerdotes y profetas. Finalmente mandó a su Hijo único al mundo, a vivir, a enseñar, a morir y a levantarse de entre los muertos. Por medio de él reina en la vida de quienes le pertenecen; su reino, que se opone a los valores de este mundo, ha de extenderse por todo el orbe antes de que Cristo vuelva y la historia llegue a su fin.