un anticipo o depósito. Es como si Dios, al darnos su Espíritu, nos ha hecho entrega de la primera cuota de nuestra salvación, asegurándonos que la plenitud (o la totalidad) también será nuestra a su debido tiempo.
Estas tres figuras —el sello (que asegura la propiedad), el testimonio (que proporciona confianza interior), y el garante (que asegura la herencia final)— ilustran, todas ellas, aspectos de la obra del Espíritu Santo, proporcionando certidumbre al pueblo de Dios.
Tal vez este sea el mejor lugar para decir algo acerca del llamado «bautismo en (o con, o en) el Espíritu Santo». La enseñanza de las iglesias pentecostales, y de muchas personas en el movimiento carismático o neopentecostal, es la de que recibimos el «don» del Espíritu cuando por primera vez creemos, pero que luego necesitamos una segunda experiencia llamada el «bautismo del Espíritu», generalmente vinculada al «hablar en lenguas». El Nuevo Testamento, sin embargo, no habla de dos etapas; enseña que, a la bendición inicial de la regeneración por el Espíritu, le sigue un proceso de crecimiento hacia la madurez, durante el cual el Espíritu nos concede, por cierto, muchas experiencias con Dios, más profundas y ricas. Con frecuencia estas vivencias traen consigo una nueva percepción de quién es Dios y una conciencia más vívida de su amor. Pero no debería llamarse a esto «bautismo del Espíritu». La expresión «ser «bautizado con el Espíritu» aparece siete veces en el Nuevo Testamento. Seis veces, en referencia a las palabras de Juan el Bautista: «Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo», promesa que se cumplió el día de Pentecostés. La séptima mención () destaca el hecho de que todos hemos sido «bautizados» por el Espíritu y que se nos ha dado a beber del Espíritu; dos figuras gráficas que hablan de que lo hemos recibido.
3. La santidad cristiana
La vida cristiana es una vida santa porque nuestro Dios es un Dios santo. Es imposible leer la Biblia y no ver esto. Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, Dios exhorta a su pueblo diciendo: «Sean santos, porque yo soy santo. Dios el Padre «nos escogió... antes de la creación del mundo, para que seamos santos...» (). El Señor Jesús «se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y purificar para sí un pueblo elegido, dedicado a hacer el bien» (). Todavía más, se debe a que Dios nos llama a vivir una vida de «santidad» que nos da su Espíritu Santo (). De manera que cada persona de la Trinidad se ocupa en forma activa de nuestra santidad.