Creemos en el Espíritu Santo

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Las creencias del cristiano

Pablo tuvo la misma experiencia. Si bien tenía un intelecto poderoso, dice la tradición que era pequeño y feo, y sus críticos lo menospreciaban por no destacarse ni como persona ni como orador (). Dijo de sí mismo que, cuando llegó a Corinto por primera vez, llegó «con tanta debilidad que temblaba de miedo» (). En consecuencia, no confiaba en la elocuencia de sus discursos ni en la sabiduría humana, sino en la «demostración del poder del Espíritu» (). Vale decir, el Espíritu Santo tomaba sus palabras, habladas con debilidad humana, y las hacía llegar con gran poder a la mente, el corazón, la conciencia y la voluntad de sus oyentes.

El peligro más grande en toda actividad evangelística es que confiemos en lo que no corresponde. ¿Queremos ser fieles testigos de Jesucristo? Entonces necesitamos contar con su poder. ¿Queremos contar con su poder? Entonces necesitamos contar con su Espíritu.

Quizá no haya necesidad más grande en la iglesia contemporánea que el que seamos llenos del Espíritu Santo (). Lo necesitamos no solamente para encaminarnos hacia la conversión y la certidumbre, para santificarnos, iluminarnos, unirnos y capacitarnos, sino también para llegar a través de nosotros con bendición a un mundo desorientado, como ríos de agua viva que irrigan el desierto.

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