hizo en el Sermón del Monte no fue derogar la ley moral, sino interpretarla. En las seis afirmaciones antitéticas («ustedes han oído que se dijo ... Pero yo les digo...»), a lo que Jesús se oponía no era la ley de Moisés sino a las distorsiones de la misma que hacían los escribas, que procuraban hacerlas más fáciles de obedecer. Jesús, en cambio, destacó las consecuencias radicales de la ley divina.
«Pero», protesta alguien, «¿acaso no escribió Pablo que los cristianos?». La respuesta a la primera pregunta es «sí», y a la segunda «no». Es muy importante entender a Pablo correctamente. Él quiso decir (1) que «no [estamos] bajo la ley» para la justificación, sino más bien «bajo la gracia» (); es decir, Dios nos acepta debido a su misericordia y no a nuestros méritos, y (2) que «no [estamos] bajo la ley» para la santificación, sino que somos «[guiados por] el Espíritu» (), en el sentido de que Dios nos hace santos por el poder de su Espíritu, que mora en nosotros, y no por nuestros propios esfuerzos. Pero seguimos estando bajo «la ley de Cristo» () en el sentido de que estamos obligados a obedecerla. Más aún, Dios envía a su Hijo a morir por nosotros «a fin de que las justas demandas de la ley se cumplieran en nosotros» (), y Dios instala el Espíritu en nosotros con el fin de escribir su ley en nuestro corazón (). Este es el cumplimiento de la extraordinaria promesa de Dios en el Antiguo Testamento respecto a la llegada del Mesías. La expresó diciendo tanto «infundiré mi Espíritu en ustedes» () como «pondré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón» ().
Esta íntima relación entre el Espíritu y la ley de Dios es sumamente importante. Al meditar en su ley en este capítulo, sus normas parecerán intimidantes, e incluso inalcanzables, mientras no recordemos que paralelamente nos ofrece su Espíritu. La verdad es que el hecho de que el Espíritu Santo vive en nosotros nos permite (1) conocer la ley de Dios, de manera que vayamos aumentando nuestra comprensión de lo que significa para la ley de hoy, (2) amar la ley de Dios, de manera que ya no la veamos como una carga sino como un deleite («¡Cuánto amo yo tu ley!» ), y (3) obedecer la ley de Dios, de manera que, liberados de la esclavitud al pecado, encontremos en la obediencia la verdadera libertad. Dios no hace exigencias sin al mismo tiempo proveer lo necesario para que podamos cumplirlas.