«Manténganse libres del amor al dinero», leemos en el libro de Hebreos, «y conténtense con lo que tienen, porque Dios ha dicho: "Nunca te dejaré; jamás te abandonaré"» (). Del mismo modo, Pablo, a pesar de sus muchos sufrimientos y privaciones, podía escribir: «He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias ... Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (). Es más, hay algo fundamentalmente apropiado en cuanto al contentamiento cuando tenemos presente que somos peregrinos, que viajamos hacia el hogar de Dios. «Con la verdadera religión se obtienen grandes ganancias, pero sólo si uno está satisfecho con lo que tiene. Porque nada trajimos a este mundo, y nada podemos llevarnos. Así que, si tenemos ropa y comida, contentémonos con esos» (). Aquí tenemos, entonces, el antídoto para esa pasión turbulenta y destructiva llamada codicia, que el décimo mandamiento prohíbe. Es una combinación de simplicidad, generosidad y contentamiento o conformidad.
La vida de obediencia
Los Diez Mandamientos ponen ante nosotros niveles de conducta muy elevados. Nos llaman a darle a Dios nuestra adoración exclusiva, espiritual, consecuente, constante y obediente, y a ocuparnos de la integridad de la vida, la casa, la propiedad y el buen nombre de nuestro prójimo. Y cuando entendemos las consecuencias radicales de estas demandas, como las revela Jesús en el Sermón del Monte, y las vemos como un llamamiento a amar a Dios con todo nuestro ser, y a amar a nuestro prójimo como nos amamos a nosotros mismos, deberíamos sentir profunda tristeza. Por cierto, que este fue el primer propósito de Dios al darnos la ley, a saber, exponer y condenar nuestros pecados y de este modo llevarnos a reconocer que es imposible salvarnos a nosotros mismos. Puede decirse que la ley nos impulsa hacia Cristo como el único, el indispensable, Salvador. Y una vez que la ley nos ha hecho acudir a Cristo para ser justificados, Cristo nos manda de vuelta a la ley para ser santificados, siempre que recordemos que es el Espíritu Santo solo quien puede escribir la ley en nuestro corazón y hacer que la obedezcamos.
Es preciso que valoremos cada vez más el don del Espíritu que mora en nosotros. Entonces acudiremos cotidianamente a Cristo, y abriremos nuestra personalidad ante él, con el fin de que el Espíritu Santo pueda llenarnos y cambiarnos. También recordaremos que Dios mismo ha establecido ciertos canales por los cuales nos alcanza su gracia santificadora. Estos «medios de gracia» incluyen la lectura de la Biblia, la oración, el culto de adoración, la comunión y el servicio de la santa cena.