Compromisos morales

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La vida del cristiano

Tanto los falsos testigos como los veraces dependen de su lengua. Por lo tanto, este mandamiento nos recuerda acerca del inmenso poder de la lengua de los seres humanos, para bien o para mal. Se trata de «un miembro muy pequeño del cuerpo», pero hace alarde de grandes hazañas, y tiene una enorme influencia (). Es tan indomable que, si bien los seres humanos han logrado domar «toda clase de fieras, de aves, de reptiles y de bestias marinas», no obstante «nadie puede domar la lengua. Es un mal irrefrenable, lleno de veneno mortal» (). Al mismo tiempo, el apóstol Santiago, que escribe esto, también ha afirmado antes que «si alguien se cree religioso pero no le pone freno a su lengua, se engaña a sí mismo, y su religión no sirve para nada» (). ¡De modo que controlar la lengua es imposible! Sería sabio de nuestra parte repetir constantemente la oración del salmista: «Señor, ponme en la boca un centinela; un guardia a la puerta de mis labios» ().

10. No codicies la casa de tu prójimo. No codicies su esposa, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su burro, ni nada que le pertenezca.

El último mandamiento resulta particularmente importante porque convierte el decálogo en una ley moral, y pasa de una preocupación por la conducta externa a una preocupación por la santidad interior. No podemos ser procesados en la justicia por codicia, por cuanto la codicia no es un acto sino una actitud del corazón. La codicia es al robo lo que la ira es al asesinato, y la lujuria al adulterio. Es la disposición interior que posteriormente puede expresarse como una acción pecaminosa, e incluso criminal. Pablo reconoció la influencia que este mandamiento había tenido sobre él antes de su conversión. Jamás habría sabido lo que era el pecado, escribió, si no hubiese sido por el mandamiento «No codicies». Podía considerarse sin culpa, a la luz de la justicia externa, pero el décimo mandamiento lo condenaba porque le revelaba el estado de su corazón ().

«La codicia es idolatría», escribió Pablo en otra carta (). Esto la convierte en pecado contra Dios, como también contra los seres humanos. Es desear algo (o a alguien) tanto más que a Dios, que le permitimos que usurpe el lugar que le corresponde a él. Pero la codicia es también egoísmo. En efecto, este mandamiento se ocupa directamente de la avaricia de la sociedad de consumo y de su cínica despreocupación por los pobres y hambrientos del mundo.

Lo opuesto a la codicia es el contentamiento. Esto es algo que recibe más atención en el Nuevo Testamento de lo que recibe en el mundo occidental en nuestros días.

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