La lectura de la Biblia y la oración

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La vida del cristiano

contestó: «Mantengan a toda costa un momento diario de lectura de las Escrituras y oración. Cuando miro hacia atrás, puedo ver que la influencia más formativa de mi vida y mi pensamiento ha sido mi contacto cotidiano con las Escrituras durante más de sesenta años».

Para que estos momentos de quietud dedicados a Dios sean equilibrados, han de incluir lectura de la Biblia y la oración... y en ese orden, justamente. Primero, escuchamos lo que Dios puede querer decirnos por medio de su Palabra. Lo decimos como el niño Samuel, «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (); procuramos imitar a María de Betania, quien «sentada a los pies del Señor, escuchaba lo que él decía» (). Luego, en segundo lugar, le hablamos nosotros a él. Habrá mucho sobre lo cual hablar, especialmente después de que él nos haya hablado a nosotros. Es como si el movimiento de un péndulo. Se trata de una conversación en dos sentidos, mediante la cual nuestra relación (incluso amistad) con Dios se profundiza.

La lectura de la Biblia

Dos interrogantes se nos presentan al pensar en la Biblia. El primero se relaciona con la razón por la que debemos creer que es palabra o mensaje de Dios para nosotros, y el segundo se refiere a la forma en que hemos de leerla.

Por qué hemos de creer lo que dice la Biblia

El concepto de «revelación» es un concepto fundamentalmente razonable. Esta palabra significa «descorrer el velo» y expresa el hecho de que la naturaleza de Dios, como también su carácter y sus propósitos, están ocultos a nuestros ojos a menos que, y hasta que él mismo descorra el velo y se nos muestre. Porque, ¿cómo podría nuestra mente finita penetrar la mente infinita de Dios? Se trata de algo imposible. Dios está totalmente más allá de nosotros, fuera de nuestro alcance. He aquí cómo Dios mismo ha descrito la situación: «Mis pensamientos no son los de ustedes, ni sus caminos son los míos ... Mis caminos y mis pensamientos son más altos que los de ustedes; ¡más altos que los cielos sobre la tierra!» (). Por lo tanto, si los pensamientos y los caminos de Dios son tanto más altos que los nuestros, como los cielos lo son sobre la tierra, jamás podríamos conocer su mente a menos que él mismo tomase la iniciativa y se revelase.

Esto es justamente lo que creemos que ha hecho. Para comenzar, se ha revelado a sí mismo en el universo creado, como hemos visto. Pero esa es la revelación de su gloria

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