únicamente. Su gracia, su amor inmerecido para con los pecadores, se nos revelaron en forma suprema en la persona de Cristo, y en la totalidad del testimonio bíblico en cuanto a Cristo. Jesucristo es la palabra viviente de Dios, en tanto que las Escrituras constituyen su palabra escrita, que señala hacia Cristo. Ambas son «palabra» de Dios hablada por él. Así como los seres humanos pueden concernerse mutuamente sólo si hablan entre sí, de la misma manera sólo podemos conocer la mente de Dios porque él ha hablado (ver ).
En el Antiguo Testamento, durante un período largo de tiempo, y en forma progresiva, Dios se dio a conocer al pueblo del pacto, especialmente por medio de sus mensajeros, los profetas, que por lo general iniciaban sus oráculos con fórmulas tales como «La palabra del Señor vino a mí», o «Así dice el Señor», o «Escuchen la palabra del Señor». El propio Jesús aceptó estas declaraciones proféticas tal como fueron expresadas. Aceptó las Escrituras del Antiguo Testamento como la Palabra de su Padre. Las pruebas de esto son contundentes. Primero, las obedeció en su propia vida, y contestó cada tentación del diablo con una cita bíblica adecuada. Además, creía que las Escrituras daban testimonio de él y se cumplían en él, a la vez que interpretó su misión a la luz de la enseñanza de las mismas. Tercero, en debates con los líderes religiosos las citaba como la autoridad última, el tribunal final de apelación. Sería inadmisible que nosotros tuviésemos un concepto inferior del Antiguo Testamento al que tenía él, porque el discípulo no es superior a su maestro. Los autores del Nuevo Testamento tenían el mismo respeto que Jesús por el Antiguo Testamento. Por ejemplo, «toda la Escritura es inspirada por Dios» (). Esta cita aclara que el significado del término «inspiración» no es que Dios inspirara a los autores, sino que inspiró las palabras que ellos escribieron. Esta dramática metáfora ilustra la doble paternidad de las Escrituras: los autores hablaron las palabras de Dios y Dios habló en las palabras de ellos.
Jesús no sólo aceptaba el Antiguo Testamento, sino que hizo los arreglos necesarios para la preparación del Nuevo. Eligió, llamó, preparó, envió e inspiró a los apóstoles, encargándoles un ministerio paralelo al de los profetas en el Antiguo Testamento. Las promesas que les hizo en el aposento alto son particularmente importantes. Por un lado, el Espíritu Santo les «recordaría» lo que Jesús les había enseñado (), y por otro los «guiaría» a toda la verdad que él les había querido enseñar, pero que ellos no estaban todavía en condiciones de recibir (). Estas promesas complementarias acerca de los ministerios de enseñar y recordar del Espíritu Santo se cumplieron principalmente cuando se escribieron los Evangelios y las Epístolas.