inmensurable en la redención del mundo por nuestro Señor Jesucristo, y también «por los medios de gracia, y la esperanza de gloria» (es decir, la seguridad del cielo). Al término de cada día pareciera correcto repasar lo vivido con el fin de tomar conciencia de nuestros pecados con también de la misericordia de Dios. Si confesamos nuestros pecados, no debemos dejar de agradecer a Dios por el perdón de los mismos.
5. La mirada orientada hacia el futuro
Esto es petición o súplica. Lo he dejado para el final, aun cuando ocupa el lugar más grande en las oraciones de la mayoría de los creyentes. Por cierto, que no debemos tener vergüenza de hacer nuestros pedidos a Dios (ver ). El propio Jesús nos estimuló a acercarnos al Padre celestial y reconocer que dependemos de él para el alimento cotidiano, para el perdón de los pecados y para ser librados del mal.
Pero Dios conoce nuestras necesidades, no es necesario que se las digamos. Y en su amor él quiere proveernos de lo que necesitamos, no se trata de intimidarlo o fastidiarlo. ¿Para qué orar, entonces? ¿Qué sentido tiene? Juan Calvino contestó cabalmente estos interrogantes. Escribió así:
Los creyentes no oran con el propósito de informar a Dios acerca de cosas que le sean desconocidas a él, o de impulsarlo a cumplir su deber, o de insistir en como si él fuese reacio. Por el contrario, oran con el fin de despertar su propia conciencia para buscarlo a él, con el fin de ejercer su fe para meditar en sus promesas, con el fin de liberarse de sus ansiedades derramándolas en el corazón de él; en una palabra, con el fin de declarar que de él solo pueden esperar, tanto para ellos mismos como para otros, todo lo bueno.
El propósito de la oración petitoria, por consiguiente, no es el informar a Dios como si él fuese ignorante, ni persuadirlo como si él fuese reacio a obrar. No tiene el propósito de torcer la voluntad de Dios para nuestro beneficio, sino más bien de alinear nuestra voluntad con la de él. Nuestro Padre no consiste caprichos a sus hijos. Espera hasta que anhelemos cumplir su voluntad.
Miremos, sin duda, hacia el futuro. Pensamos en los deberes y los problemas, las esperanzas y los temores del mañana, de la semana entrante, del año que viene. Anticipamos posibles enfermedades y pesares, la hora de la muerte, el regreso de Cristo, la resurrección, los nuevos cielos y la nueva tierra. La incertidumbre anida en todos estos acontecimientos,