asunto!: las campanas, las multitudes, los paraguas, los anuncios, el alboroto incesante, el eterno arreglar y organizar cosas. Los himnos me resultaban (y me resultan) extremadamente desagradables. De todos los instrumentos musicales el que menos me gustaba (y menos me gusta) es el órgano. Tengo, también, una especie de torpeza que me hace inepto para participar en cualquier rito.
A quienes hemos sido miembros de una iglesia por muchos años, incluso toda la vida en algunos casos, nos resulta difícil entender las difíciles adaptaciones temperamentales y culturales que a menudo tienen que hacer los que se convierten. Otros, desde luego, no tienen ese problema. Pasan del aislamiento de sus días anteriores a la conversión y con ella a una comunidad de aceptación que jamás conocieron antes, y que les proporciona enorme alivio y regocijo. En este momento quiero ocuparme de los que experimentan dificultades. Es preciso que seamos más sensibles y misericordiosos para con ellos, y que hagamos todo lo que podamos para que su transición hacia la comunidad cristiana sea lo menos penosa posible. También debemos alentarlos a perseverar, ya que el compromiso claro y firme con la iglesia es una parte indispensable del discipulado cristiano y, una vez lograda la adaptación, sumamente gozosa. Como lo expresó Juan Wesley en una ocasión, «transformar el cristianismo en una religión solitaria es equivalente a destruirlo». Por cierto que tiene un aspecto solitario (una relación personal con Dios a través de Cristo), pero también tiene un aspecto social (la fraternidad con otros creyentes).
En el Sermón del Monte, Jesús nos alentó a dedicarnos a la oración privada («Cuando te pongas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre... en lo secreto», ) y también nos dijo que cuando oremos digamos «Padre nuestro» (), algo que sólo podemos decir cuando formamos parte de una comunidad.
Miembros de su cuerpo
El propósito de Dios, que fue concebido en una eternidad pasada, que se va desenvolviendo en la historia, y que se verá perfeccionado en la eternidad futura, no consiste en salvar sólo almas aisladas unas de otras, «aisladas unas de otras», de esta manera perpetuar nuestra soledad. El propósito de Dios es edificar una iglesia, para reunir en un solo cuerpo un pueblo de su propiedad, tomándolo de todas las naciones y culturas. El Nuevo Testamento describe esta sociedad divina por medio de muchas metáforas sumamente vívidas. Somos hermanas y hermanos en la familia de Dios, ciudadanos de su reino, y piedras en su templo (por