La cena del Señor

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La vida del cristiano

ejemplo ). También somos ovejas del rebaño de Cristo, ramas de su vid y miembros de su cuerpo (por ejemplo ; 15:1–8; ). Nos pertenecemos para siempre unos a otros porque pertenecemos para siempre a él.

Esto no es sólo una declaración de fe, sino un hecho. Yo mismo puedo dar testimonio de ello sobre la base de mi experiencia. He tenido el privilegio de viajar mucho y conocer a otros cristianos en los seis continentes. He participado en cultos de adoración en catedrales medievales de Europa, en chozas de lata en pequeños pueblos de América Latina, con esquimales en el ártico canadiense, y bajo árboles en el calor tropical de África y Asia. He sido cordialmente recibido por hermanas y hermanos en Cristo, siempre con una sonrisa y frecuentemente con un abrazo o un beso también, aun cuando no nos conocíamos antes y no podíamos entendernos, por hablar idiomas diferentes. El hecho es que la iglesia cristiana es la familia más grande de la tierra, y la única comunidad multirracial, multinacional, y multicultural que existe. Tengo entendido que cuando Margaret Mead, la conocida antropóloga norteamericana, vio en Vancouver en 1983 los miles de cristianos de todas partes del mundo que se habían congregado para la sexta asamblea del Concilio Mundial de Iglesias, exclamó: «¡Ustedes constituyen una imposibilidad sociológica!». Pero lo que es imposible para los seres humanos es posible para Dios. Por medio de Jesucristo ha derribado las barreras que nos dividan, y al reconciliarnos consigo nos ha reconciliado entre nosotros.

El compañerismo cristiano no es sólo un artículo de fe y una gloriosa realidad; es, además, un ayuda enorme. El ser miembros de una iglesia ejerce sobre nosotros una influencia estabilizadora. Así como la familia humana proporciona apoyo para sus miembros jóvenes cuando atraviesan los turbulentos años de la adolescencia, también la familia de Dios puede mantenernos firmes cuando nos asaltan la tentación, las tribulaciones y las dudas. Permíteme cambiar la metáfora. Un ministro o pastor escocés visitaba a un miembro de la iglesia que se había ausentado del culto dominical hacía poco. El pastor estaba sentado ante el fuego en silencio. Un rato después se inclinó hacia delante, levantó las pinzas del fogón, tomó una braza encendida, la colocó en el piso de la chimenea. La braza flameó brevemente y se apagó. Luego la levantó y la puso nuevamente con las otras brazas. En pocos segundos estaba encendida otra vez. El pastor se despidió y el hombre que había faltado volvió al culto el domingo siguiente. No hicieron falta más palabras.

Es muy probable que mis lectores ya tengan lazos con una iglesia local o se estén preparando para ingresar como miembros plenos de la misma. Si por alguna circunstancia

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