no fuese así, quisiera animarlos a remediar esta situación lo antes posible. Es una situación totalmente anómala, en realidad imposible, la de pretender pertenecer a la iglesia universal e invisible sin pertenecer a una manifestación visible y local de ella. Les ruego que no sean gitanos eclesiásticos, constantemente de paso de iglesia en iglesia, sin residencia fija. En cambio, espero que se unan a una iglesia, se asienten en ella, se presenten a los demás, y que siempre participen en el culto de los domingos. Si pueden hacerlo, es bueno asistir a alguna de las actividades en el medio de la semana también, ya sea una sesión de estudio bíblico o una reunión de oración, o (mejor todavía) a un grupo de comunión vecinal de unas doce personas. Es en estos encuentros más pequeños donde los miembros llegan a conocerse mutuamente, y donde pueden alentarse unos a otros en el Señor.
Si bien, como Jesús, quien fue tildado de «amigo de publicanos y pecadores», deberíamos tener un amplio círculo de amistades no creyentes, en Cristo podemos disfrutar de amistades más profundas que las que habíamos conocido anteriormente. También podemos disfrutar de las bendiciones de una amistad cristiana íntima (lo que escritores de otras épocas llamaban un «amigo del alma»), alguien con quien podemos compartir nuestras dudas y temores, problemas y tentaciones, alegrías y esperanzas. Además, dando por sentado que algunos de mis lectores son solteros, diré que los cristianos que deciden casarse sólo tienen libertad para casarse con cristianos (, RVR). El «yugo desigual» entre un cristiano y un no cristiano está prohibido, porque el cuerpo y la sangre de Cristo juntos simbolizan unión demasiado íntima y sagrada como para que sea física, social e intelectual, pero no espiritual.
La cena del Señor
La mayoría de las iglesias considera que la principal expresión de comunión entre los cristianos es el servicio de la santa comunión. Pablo la llamó «la cena del Señor» (), lo cual indica lo que es, a saber, la comida de comunión de los discípulos, por invitación de su Señor. Jesús mismo la instituyó durante su última noche antes de la crucifixión, y ha sido reconocida casi universalmente desde entonces como lo central del culto cristiano. Lucas parecería indicar que era costumbre de las iglesias reunirse el primer día de cada semana con el fin de «partir el pan» (). El día del Señor habría sido incompleto sin la cena del Señor. Algunas iglesias mantienen la cena como culto principal de cada domingo; otras la celebran uno o dos domingos al mes.