por nosotros (), y que «[daría] su vida en rescate por muchos» (). De esta manera indicaba tanto el hecho de que éramos prisioneros que no podíamos escapar, y que el precio que pagaría por nuestra liberación era el sacrificio de su propia vida. Había de morir en lugar de nosotros, en nuestro lugar. Así como adquirió nuestra naturaleza humana al nacer, así también había de cargar sobre sí nuestro pecado y nuestra culpabilidad al morir. Y esto es justamente lo que hizo. En la cruz, soportó en su cuerpo la inocente persona la terrible pena que merecían nuestros pecados, a saber, la muerte, que equivale a separación de Dios.
Desde luego que en la fe cristiana hay mucho más que la persona y la obra de Cristo. Pero estas dos realidades son absolutamente centrales. Por supuesto que la persona divina-humana de Jesús, y su muerte por nuestros pecados (la encarnación y la expiación, para darles sus respectivos nombres teológicos), contienen misterios que sobrepasan nuestro entendimiento. Seguiremos tratando de penetrar las profundidades de estos misterios mientras vivamos, y probablemente a través de la eternidad también. A pesar de todo, hay suficientes indicaciones de la realidad de estos hechos del evangelio: el Hijo de Dios se hizo hombre en Jesús de Nazaret, murió por nuestros pecados en la cruz, y fue levantado de entre los muertos para su vindicación. Son estas verdades las que hacen que él pueda salvarnos aun siendo nosotros pecadores; nadie ha reunido jamás estas condiciones.
Algo para considerar
El tercer paso consiste en algo para considerar, a saber, que Cristo Jesús quiere ser nuestro Señor, además de ser nuestro Salvador. De hecho, él es «nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (por ejemplo ), y nosotros no tenemos autoridad para partirlo en dos, aceptando una mitad y rechazando la otra mitad. Porque él hace demandas, además de hacer ofrecimientos. Nos ofrece salvación (el perdón y el poder liberador de su Espíritu); y exige nuestra total y decidida lealtad.
Cristo también nos llama al arrepentimiento. Y esto no es simplemente remordimiento, o sea una vaga sensación de pesar y vergüenza; se trata de un decidido repudio de todo lo que sabemos que desagrada a Dios. Tampoco es sólo algo negativo y relacionado con el pasado. Incluye la determinación de seguir el camino de Cristo en el futuro, de ser discípulo suyo, de aprender y obedecer sus enseñanzas (ver ). Jesús les dijo a sus contemporáneos que debían calcular el costo de seguirle. Agregó también