que a menos que estemos dispuestos a ponerlo a él en primer lugar, incluso antes que nuestras relaciones, nuestras ambiciones y posesiones, no podemos ser discípulos suyos (). Cristo nos llama a observar una lealtad total y entusiasta. Nada menos que esto resulta aceptable.
Algo para hacer
Finalmente, hay algo que hacer. Los tres primeros pasos corresponden a una actividad mental. Admitimos que somos pecadores y que necesitamos un Salvador. Creemos que Jesucristo vino y que murió para ser nuestro Salvador. Hemos considerado el hecho de que él quiere ser nuestro Señor también. Pero hasta aquí no hemos hecho nada más. De manera que ahora tenemos que hacer la pregunta que le hizo la multitud a Pedro el día de Pentecostés: «Hermanos, ¿qué debemos hacer?» (). O, más plenamente, lo que el carcelero de Filipos les preguntó a Pablo y a Silas: «Señores, ¿qué tengo que hacer para ser salvo?» (). La respuesta es que cada uno de nosotros tiene que acercarse a Jesús el Cristo personalmente e implorarle que tenga misericordia de nosotros. Una cosa es admitir que necesitamos un Salvador. Otra cosa es limitar la necesidad a Cristo y creer que vino y murió para ser el solo y único Salvador que necesitamos. Pero entonces tenemos que pedirle que sea nuestro Salvador y nuestro Señor. Es este acto de compromiso personal lo que muchas personas pasan por alto.
El acto de abrir la puerta
He aquí, por lo tanto, la cuestión crucial a la que nos hemos venido aproximando. ¿Alguna vez le hemos abierto la puerta a Cristo? ¿Alguna vez lo hemos invitado a pasar? Esta es precisamente la pregunta que era preciso que se me hiciera a mí. Porque, hablando intelectualmente, yo había creído en Jesús toda mi vida, tratando de orar a través del ojo de la cerradura. Incluso había introducido monedas por debajo de la puerta, intentando vanamente pacificar al Señor. Había sido bautizado, sí, y también había dado testimonio público de mi fe como adulto. Concurría a la iglesia, leía mi Biblia, tenía altos ideales, y procuraba hacer el bien y ser bueno. Pero constantemente, y a menudo sin tener conciencia de ello, estaba manteniendo a Cristo a la distancia, obligándolo a quedarse afuera. Sabía que el acto de abrir la puerta podía dar lugar a consecuencias significativas.
El versículo que a mí me aclaró todo (casi dieciocho meses después de haber dado testimonio público de mi fe, lamento tener que decirlo), es, comprensiblemente, un versículo favorito para muchos cristianos. En él mismo habla el Señor, y esto es lo que dice: «Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo» (). Jesús se representa a sí mismo como si estuviese ante la puerta cerrada de nuestra personalidad. Está golpeando, con el propósito de llamar nuestra atención a su presencia, y para dar a conocer su deseo de entrar. Luego agrega la promesa de que, si abrimos la puerta, él entrará y cenaremos juntos. Es decir, el gozo de la comunión entre nosotros será tan pleno que sólo puede compararse con un banquete.