Cómo estar seguro de ser cristiano

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Los comienzos de la vida cristiana

«Cristo», es decir, «en el Salvador que murió por mí está mi única esperanza», entonces podemos estar seguros de que hemos sido «rescatados, sanados, restaurados, perdonados».

Hay un himno que lo expresa muy bien:

Mi esperanza no descansa en otra cosa Que la sangre y la justicia de Jesús; No invoco mérito propio alguno, Confío enteramente en el nombre de Jesús. En Cristo, la sólida roca, me afirmo; Todo otro fundamento es arena movediza.

Una de las razones de que nuestras propias obras sean como «arenas movedizas» es que no podemos saber cuándo hemos hecho suficientes obras o, más bien, siempre sabemos que no hemos hecho suficiente, y que nunca podremos. Por contraste, ¡Jesucristo es como «la roca sólida», porque su obra está completa! Cuando hubo llevado nuestros pecados, exclamó a gran voz, «Todo se ha cumplido» (). Más todavía, «después de ofrecer por los pecados un solo sacrificio para siempre, se sentó a la derecha de Dios» (). El estar sentado es posición de descanso, y la derecha de Dios es el lugar de honor; ambas figuras expresan que Cristo completó la obra que vino a efectuar.

«Todo se ha cumplido»

Esta es la realidad que se grabó en la mente de un joven llamado Hudson Taylor, que posteriormente se graduó como médico y fundó la Misión al Interior de la China (China Inland Mission), hoy denominada «Confraternidad Misionera de Ultramar» (Overseas Missionary Fellowship). Tenía en esa época dieciocho años de edad, y estaba de vacaciones. Su madre estaba ausente y, si bien en ese momento él no lo sabía, ella oraba intensamente por la conversión de su hijo. Recorrió distraídamente la biblioteca de su padre, y luego levantó un folleto y lo leyó. He aquí su propio relato de lo que ocurrió:

Me... impresionó la frase "la obra terminada de Cristo"... De inmediato las palabras "Todo se ha cumplido" acudieron a mi mente. ¿Qué era lo que se había cumplido? Inmediatamente respondí: "La plena y perfecta expiación y satisfacción por el pecado. La deuda de nuestros pecados ha sido saldada, y no sólo la de los nuestros, sino también la de los pecados de todo el mundo". Luego me vino el siguiente pensamiento: "Si la obra ha sido terminada, y toda la deuda ha sido pagada, ¿qué queda para que haga yo?". Y tras esta reflexión me vino el gozoso convencimiento, cuando el Espíritu Santo iluminó mi alma, de que no tenía absolutamente nada que hacer sino caer de rodillas, y aceptar a ese Salvador y su salvación, y alabarle por siempre jamás.

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