externos y visibles de un don interior y espiritual de parte de Dios». De manera semejante, una de las homilías del siglo dieciséis (que eran modelos de sermones para uso de los clérigos) denomina a ambos ritos «signos visibles a los que se anexan promesas». Más sencillamente todavía, el bautismo y la santa cena son «palabras visibles» (Agustín), promesas dramatizadas.
Los seres humanos utilizamos signos para transmitir y confirmar nuestras promesas. «Olvidaré todo el pasado y seré tu amigo», le dice alguien a otra persona con la que estaba enemistada, y le extiende la mano como indicación de su ofrecimiento de reconciliación. «Te amo, y te diré el esposo a su mujer, y la cubre de besos. «Serviré siempre a mi país», dice el soldado, mientras saluda a la bandera. Nuestra vida cotidiana se enriquece mediante muchas señales externas y visibles de esta clase. Garantizamos nuestra amistad con un apretón de manos, nuestro amor con un beso, nuestra lealtad con un saludo.
Las promesas de Dios:
- Nuestra aceptación por Cristo: (; )
- Vida eterna: (; 6:47; 10:28)
- Perdón diario: ()
- Presencia constante de Cristo en nosotros: (; )
- Sabiduría divina: ()
- Fortaleza ante la tentación: ()
- Respuestas a la oración: ()
- Paz profunda: ()
- Fidelidad de Dios: (; )
- Guía divina: ()
Dos grandes signos visibles
De manera similar, los dos grandes «signos visibles» del evangelio se denominan así porque dramatizan las promesas del evangelio, y tienen como fin estimular nuestra fe, con el propósito de que las hagamos nuestras. En el bautismo la señal externa y visible es el agua. Esta representa el «lavamiento celestial», o la limpieza interior del pecado mediante la sangre