de Cristo, algo que todos necesitamos y que se nos ofrece en el evangelio, juntamente con la promesa del Espíritu Santo. También pone de manifiesto la muerte y la resurrección de Jesús (). Más aún, una de las razones principales que explica por qué algunas iglesias prefieren bautizar por inmersión es que simboliza claramente el hecho de descender hacia la muerte y el sepulcro con Cristo, y levantarnos nuevamente con él para iniciar una vida nueva. Las pinturas más antiguas que representan el bautismo de Jesús por Juan el Bautista los muestran en el río Jordán, con el agua hasta la cintura, mientras Juan derrama agua sobre la cabeza de Jesús. Lo valioso de esta combinación de inmersión y derramamiento del agua es que, juntas, estas acciones simbolizan visiblemente (1) nuestra muerte y resurrección con Cristo, (2) el hecho de que nuestros pecados son limpiados, y (3) el que somos bautizados por el Espíritu Santo que ha sido derramado. El agua es señal de todas estas promesas evangélicas, y de esa manera estimula nuestra fe a fin de que las hagamos nuestras.
En la cena del Señor, el segundo «signo visible» del evangelio, las señales externas son el pan y el vino. Son emblemas tangibles de la muerte de Jesucristo. El pan es partido y el vino vertido con el fin de exhibir la entrega de su cuerpo y el derramamiento de su sangre mediante su muerte en la cruz. Luego comemos el pan partido y bebemos el vino para indicar nuestra participación personal en lo que él hizo por nosotros cuando murió.
Una vez para siempre
«¿Qué pasa cuando peco?», pregunta a veces el cristiano, desconcertado. «¿Tengo que volver a recibir a Cristo y empezar de nuevo?» Por cierto, que no. Cuando le abrimos la puerta a Cristo, y él entró, Dios nos acepó («nos justificó» es la expresión bíblica) y nos dio su Espíritu una vez y para siempre. Es por esto que solamente somos bautizados una vez. Al mismo tiempo, aun cuando somos justificados una sola vez y para siempre, tenemos que ser perdonados diariamente. Es por ello que acudimos con frecuencia a participar de la santa comunión. Es probable que Jesús haya tenido en mente esta distinción cuando les lavó los pies a los apóstoles. Pedro le dijo, «Señor, ¡no sólo los pies sino también las manos y la cabeza!». A esto Jesús respondió: «El que ya se ha bañado no necesita lavarse más que los pies ... pues ya todo su cuerpo está limpio» (). En otras palabras, cuando acudimos a Cristo por primera vez, recibimos el «baño» de la justificación. Somos limpiados completamente. Pero a diario nuestros pies se ensucian, y necesitamos el lavado de los pies como indicación del perdón diario. Por lo tanto, si pecamos, es preciso que caigamos de