Cómo crecer en la vida cristiana

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Los comienzos de la vida cristiana

El amor

En segundo lugar, hemos de crecer en el amor. Jesús resumió los diez mandamientos del Antiguo Testamento: amar a Dios con todo nuestro ser, y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (; ; ). Por su parte, Pablo declaró que el amor es «el cumplimiento de la ley» (). Agregó, además, que el amor es mayor que la fe y la esperanza, en realidad la mayor de todas las virtudes (). Además, la razón de esto sea así es que Dios es amor, y que nos ha prodigado su amor. La verdad es que «nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero» ().

No obstante, tenemos que confesar que ni los cristianos ni las iglesias cristianas se destacan siempre por la calidad de sus demostraciones de amor. Pablo sostuvo que los corintios eran mundanos y semejantes a niños porque había celos y contiendas entre ellos (). ¡Uno se pregunta cómo evaluaría a las iglesias en nuestros días! Hablando en general, hay cierta afabilidad y algún grado de bondad, pero bajo ese manto hay rivalidades y bandos, y se manifiesta relativamente poco amor sacrificado, servicial, y sostenedor entre los miembros, sin hablar del mundo necesitado afuera. No cabe duda de que tenemos que oír y tomar en serio otra de las afirmaciones de Pablo a los tesalonicenses: «En efecto, ustedes aman a todos los hermanos ... No obstante, hermanos, les animamos a amarse aún más» (). También oró pidiendo que el amor de ellos «[creciera] ... más y más» ().

El conocimiento

En tercer lugar, hemos de crecer en el conocimiento. El cristianismo pone mucho énfasis en la importancia del conocimiento, censura el anti-intelectualismo por lo negativo y paralizante que resulta, y atribuye muchos de nuestros problemas a la ignorancia. Cuando el corazón está lleno pero la cabeza vacía, se despiertan peligrosos fanatismos. Nadie ha destacado esto más que Pablo. «Sean ... adultos en su modo de pensar», les escribió a los corintios (). Pablo comenzaba muchas de sus frases con el siguiente estribillo: «Quiero que sepan» o «No queremos que ignoran» (por ejemplo ), y en ocasiones argumentaba diciendo «¿Acaso no creemos...?» De esto se puede deducir que, si sus lectores hubiesen sabido o conocido, habrían reaccionado de modo diferente. No puede sorprender, por consiguiente, que el motivo primordial de sus oraciones

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