Tercero, ¿tiene importancia? Es un hecho que las grandes declaraciones evangélicas del Nuevo Testamento, que proclaman la muerte y resurrección de Jesús, no aluden al nacimiento virginal. Los apóstoles no se valieron de este hecho sobrenatural para demostrar la deidad de Jesús. Tampoco deberíamos hacerlo nosotros. Es mejor argumentar a la inversa, sosteniendo que, si Jesús era el Hijo de Dios, era tan apropiado que entrara en el mundo por nacimiento virginal como lo fue irse por medio de la ascensión. Lucas registra el anuncio angelical a María con estas palabras: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Así que el santo niño que va a nacer le llamarán Hijo de Dios» (). Este versículo se refiere tanto a la concepción como al nacimiento de Jesús. Su humanidad se remonta a la madre humana de la que nació; su deidad y su condición sin pecado al Espíritu Santo que le hizo sombra.
3. La deidad de Jesús
El Credo de los Apóstoles se refiere a Jesús no sólo como hijo de María, sino como el Hijo de Dios, de hecho «su único Hijo, nuestro Señor». El Credo Niceno es más completo, y lo describe como «el único Hijo de Dios, el eternamente engendrado del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, verdadero Dios de verdadero Dios, engendrado, no creado, de un ser con el Padre». El Credo de Atanasio aclara todavía más esta doctrina al afirmar que Jesús «no fue hecho, ni creado, sino engendrado». Estas distinciones son importantes. Las personas «hacen» cosas con materiales (por ejemplo madera, metales, o textiles), «crean» cosas de la nada (por ejemplo una idea, un poema, o una melodía), pero sólo pueden «engendrar» hijos a partir de sí mismas. De manera que del Hijo se dice que es «el eternamente engendrado del Padre», o «Dios de Dios», y por ende «de un ser con el Padre». Es él quien ese encarnó en la virgen María, y fue hecho hombre» (Credo Niceno), de modo que era y sigue siendo tanto Dios como hombre simultáneamente.
¿Pero no se tratará de un mito piadoso, invención de sus crédulos discípulos? No; las pruebas cumulativas tocante a la deidad de Jesús son mucho más fuertes que lo que con frecuencia se advierte. Tomemos los Evangelios como si sólo fueran documentos históricos ordinarios. Presentan a un carpintero campesino, de un hogar humilde en un pueblecito oscuro, quien hizo afirmaciones sobre sí mismo de una naturaleza que nos sentimos tentados a dudar de su sano juicio. Su enseñanza estuvo extraordinariamente centrada en sí mismo. Llamaba a Dios «el Padre» y a sí mismo «el Hijo» en términos absolutos, indicando que existía entre ellos una relación única. Se atrevía a decir que estaba inaugurando el largamente