esperado reino de Dios, y que la gente sólo podía entrar en él respondiendo a su llamado. No se refería a sí mismo como profeta, ni como el más grande de los profetas, sino como si fuese el mismo cumplimiento de toda la profecía, ya que las Escrituras (decía) daban testimonio de él. Se llamaba a sí mismo la luz del mundo y el único camino al Padre. Invitaba a la gente a acudir a él, prometiendo que calmaría a los sedientos y que daría descanso a los cansados. Se atrevió a perdonar los pecados de la gente (algo que sólo Dios puede hacer), y esto le valió el terrible cargo de blasfemia. Además, escandalizaba a sus oyentes, afirmando que iba a regresar al final de la historia con el propósito de juzgar al mundo.
¿Cómo hemos de explicar estas extravagantes afirmaciones, afirmaciones que hacía con sorprendente seguridad, a la vez que en forma tan modesta y tranquila? No era más que un joven, apenas de treinta años de edad. Había recibido muy poca educación formal. Nunca se había alejado de Palestina. Sin embargo, repetidamente, confiadamente, sin ostentación alguna, dio a conocer sus extraordinarias pretensiones.
¿Estaba loco? ¿Era un megalómano, alguien que sufría delirios de grandeza? ¿Era víctima de una fantasía, de una alucinación acerca de sí mismo? Esta es una sugerencia que se ha hecho ocasionalmente, pero que no puede sostenerse. No dio señal alguna de fanatismo, y menos de psicosis. Además, el que es víctima de una alucinación no engaña a nadie sino a sí mismo, mientras que Jesús ha convencido a millones de personas. La razón está en que no había incoherencia alguna entre sus afirmaciones y su carácter. Todo lo contrario, parecía el que afirmaba ser. Tomemos su modestia, por ejemplo. Las personas alucinadas están obsesionadas consigo mismas. Si creen que son importantes, se comportan como si lo fuesen. Pero es justamente aquí que Jesús despista a sus críticos. Creyendo que era alguien, actuaba como si no fuese nadie. Llamándose a sí mismo el Hijo de Dios, se puso el delantal de un esclavo y les lavó los pies a los apóstoles. El Señor de ellos se convirtió en siervo de ellos. Además, se hacía amigo de los desheredados de la sociedad, recibía a las prostitutas, y tocaba a los intocables. Se entregó a sí mismo, cumpliendo servicios desinteresados para los demás. Y finalmente se sometió a un arresto, un juicio y una condena injustos. No hizo ningún intento de resistencia cuando se mofaron de él, cuando lo azotaron, cuando le escupieron en el rostro, y cuando terminaron crucificándolo. Incluso oró pidiendo perdón para sus atormentadores.
Estamos frente a una extraordinaria paradoja. Jesús se manifestó extremadamente centrado en sí mismo con sus palabras, pero totalmente vuelto hacia los demás con sus actos.