Daba la impresión de ser orgulloso, pero era humilde en la práctica. En su enseñanza se propiciaba a sí mismo; en su ministerio se olvidaba de sí mismo para hacer la voluntad de su Padre y propiciar el bienestar de la gente. Esta combinación de egocentrismo y humildad no tiene paralelo en la historia del mundo. La única manera de resolver el enigma es reconocer que Jesús de Nazaret era y el Hijo de Dios.
Agreguemos a esta paradoja la resurrección, y el caso queda completo. Ninguna explicación satisfactoria ha podido darse en cuanto a la desaparición del cuerpo de Jesús de la tumba, excepto que Dios lo levantó de entre los muertos. En cuanto a la reaparición de Jesús, los apóstoles insistieron en que lo habían visto personalmente, varias veces y en diversos lugares. Se trataba de rudos pescadores; no eran propensos a las alucinaciones. Más bien a la inversa. Al principio se rehusaron a creer en la resurrección; pero su escepticismo fue superado. Sus acciones posteriores corroboraron el cambio que experimentaron en su actitud: eran personas transformadas. Ya no se sintieron desilusionados ni intimidadas, salieron de su escondite, se enfrentaron a las autoridades judías, y denodadamente proclamaron a Jesús y su resurrección. Estuvieron dispuestos a arriesgarse a la cárcel y la muerte. Nada hay que pueda dar cuenta adecuadamente de estas cosas, salvo el hecho de que Jesús realmente había vencido la muerte.
La obra de Cristo, o lo que hizo
1. La muerte de Jesús
Los credos pasan directamente del nacimiento de Jesús a su muerte, de la madre que lo llevó en su seno al juez que lo condenó: «Nació de la virgen María. Padeció bajo Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado». La referencia a Pilato nos recuerda que la