escuela en una zona pobre, pagaban el sueldo del maestro y vestían a los niños de su propio bolsillo. Estaban llenos de buenas obras.
Tercero, eran sumamente religiosos. Concurrían al culto de comunión todas las semanas, ayunaban los miércoles y viernes, guardaban las horas canónicas de oración, observaban el sábado como día de descanso, además del domingo, y se regían por la severa disciplina de Tertuliano, el primitivo padre de la iglesia latina.
Mas, a pesar de esta extraordinaria combinación de ortodoxia, filantropía, y piedad, Juan Wesley reconoció posteriormente que él no era cristiano en absoluto en esa época. Al escribirle una carta a su madre le confesó que, si bien su fe quizá fuese la de «esclavos», por cierto que no era la de «hijos». Para él la religión significaba esclavitud, no libertad. En 1735 viajó a Georgia, en los Estados Unidos, como capellán de los colonizadores y como misionero a los indios. Pero dos años más tarde, profundamente desilusionado, regresó a Inglaterra. Escribió en su diario: «Fui a Norteamérica a convertir a los indios; pero, ¿oh!, ¿quién me convertirá a mí?». Y esto: «¿Qué he aprendido yo mismo mientras tanto? Pues, lo que yo menos sospechaba, que yo mismo, que fui a Norteamérica a convertir a otros, no me había convertido jamás a Dios».
¿Qué es el cristianismo?
¿Qué era, por lo tanto, lo que le faltaba? Si la esencia del cristianismo no es un credo, ni un código, ni un culto, ¿en qué consiste? ¡El cristianismo es Cristo! No es primordialmente un sistema de ninguna clase; es una persona, y una relación personal con esa persona. Entonces si otros elementos encajan donde corresponde: nuestras creencias y nuestra conducta, nuestra calidad de miembros y la asistencia a los cultos, y nuestra práctica devocional privada y pública. Pero un cristianismo sin Cristo es como un marco sin el cuadro, un estuche sin la joya, un cuerpo sin aliento. El apóstol Pablo lo expresó sucintamente en su Carta a los Filipenses. Habiendo descrito a los cristianos como los que «nos enorgullecemos en Cristo Jesús y no ponemos nuestra confianza en esfuerzos humanos», siguió diciendo:
Sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo y encontrarme unido a él. No quiero mi propia justicia que procede de la ley,