Compromisos morales

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La vida del cristiano

Segundo, el nombre de Dios puede usarse mal cuando hacemos promesas o juramentos. Jurar por algo usando la frase «por Dios», y luego no cumplir la promesa, es ejurar en vano; evidencia una seria falta de consideración hacia el nombre de Dios. Los contemporáneos de Jesús pensaban que era suficiente encontrar la fórmula correcta. Al parecer sostenían que, si bien se deben cumplir los juramentos hechos con el nombre de Dios, no importaba demasiado si juraban «por el cielo» o «por la tierra», o por alguna otra cosa. Jesús rechazó esta distinción, señalando que el cielo es el trono de Dios y la tierra su estrado, de manera que aun estas expresiones contenían una referencia implícita a Dios. Más todavía, aconsejó a sus seguidores a no jurar en absoluto. Los juramentos no son necesarios para las personas honestas que son conocidas por cumplir sus promesas. Un simple «sí» o «no» es suficiente ().

En tercer lugar, el nombre de Dios es más que una mera palabra; es él mismo, tal como él ha sido revelado. Usamos mal su nombre, por consiguiente, cuando muestra conducta deshonra a la persona que ese nombre representa. Si amamos a Dios, hemos de querer «honrar» su nombre viviendo de un modo que sea consecuente con él; lo usamos mal cuando con nuestra conducta lo contradecimos.

4. Acuérdate del sábado, para consagrarlo. Trabaja seis días, y haz en ellos todo lo que tengas que hacer, pero el día séptimo será un día de reposo para honrar al Señor tu Dios. No hagas en ese día ningún trabajo, ni tampoco tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tus animales, ni tampoco los extranjeros que vivan en tus ciudades. Acuérdate de que en seis días hizo el Señor los cielos y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay, y que descansó el séptimo día. Por eso el Señor bendijo y consagró el día de reposo

El esquema de seis días de trabajo y un día de descanso retrocede hasta el comienzo mismo de la creación (). De allí el mandamiento «acuérdate» del sábado. Dios nos hizo de tal modo que necesitamos observar este ritmo. Los intentos de cambiar la ley de Dios y alargar la semana de trabajo a nueve o diez días (por ejemplo, en las revoluciones francesas del siglo XVIII) y las revoluciones rusas del siglo XX) no dieron resultado. Por supuesto que los cristianos no pueden obligar a la gente a ir a la iglesia, y no querrían valerse de la legislación para este fin. Pero nos interesa que la ley proteja a la gente ante la posibilidad de ser obligada a trabajar los domingos (por ejemplo, para los espectáculos deportivos y para mantener abiertos los negocios comerciales).

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