Cómo llegar a ser cristiano

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Los comienzos de la vida cristiana

Puesto que Dios es justo, es razonable pensar que si hemos de entrar en su presencia, nosotros también tenemos que ser justos. Pero, ¿dónde podemos recibir la esperanza de obtener una justicia que nos permita entrar en condiciones de entrar en la presencia de Dios? No hay sino dos respuestas posibles a este interrogante. La primera es que podemos intentar establecer nuestra propia justicia mediante nuestras buenas obras y el cumplimiento de observancias religiosas. Muchos hacen este intento. Pero es un intento que está destinado al fracaso, porque a la vista de Dios «todos nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia» (). Todo aquel que haya tenido la menor vislumbre de la gloria de Dios, se ha sentido sobrecogido por la visión, y por un sentido de su propia pecaminosidad. Por consiguiente, es imposible que nos hagamos lo suficientemente buenos para Dios. Si creemos que podemos, ha de ser porque tenemos un concepto muy bajo de Dios, o una opinión demasiado elevada de nosotros mismos, o probablemente ambas cosas.

Confiar en Cristo

La única alternativa a nuestro propio intento de lograr una posición correcta ante Dios es la de que la recibamos como un don gratuito de Dios, mediante el recurso de poner nuestra confianza en Cristo Jesús. Porque Cristo Jesús mismo vivió una vida perfectamente justa; no tuvo pecados propios por los que tuviera que hacer expiación. Pero en la cruz se identificó a sí mismo con nuestra injusticia. Él ocupó nuestro lugar, llevó sobre sí nuestro pecado, pagó nuestra pena, murió nuestra muerte. En efecto, «al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios» (). Por lo tanto, si acudimos a Cristo y ponemos nuestra confianza en él, se produce una maravilloso y misterioso intercambio. Él lleva nuestros pecados, y en cambio, nos viste con su justicia. En consecuencia, nos presentamos ante Dios no confiando en nuestra propia justicia, sino en las múltiples y grandes misericordias de Dios» (Libro de oración episcopal), no en los andrajosos trapos de nuestra propia moralidad, sino en el inmaculado manto de la justicia de Cristo. Y Dios nos acepta, no porque nosotros seamos justos, sino porque el justo Cristo murió por nuestros pecados y fue levantado de la muerte.

Esta es la verdad de la que tomó conciencia Juan Wesley cuando el 24 de mayo de 1738 concurrió a una reunión moravia en la calle Aldersgate, en el este de Londres. Mientras alguien leía el prefacio de Lutero a su comentario sobre Romanos, en el que Lutero explicaba el significado de la «justificación por la sola fe», una fe personal en Cristo surgió en el corazón de Wesley. Escribió en su diario: «Sentí que mi corazón ardía en forma extraña.

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