Testamento, era «el derramamiento de sangre inocente». Porque las Escrituras insistían en la santidad, no tanto de la vida en general, sino de la vida humana, porque la vida de los seres humanos es la que fue hecha a imagen de Dios. Por ello, asesinar es una ofensa contra Dios el Creador, como también contra una de sus criaturas especiales. Jesús fue más lejos y aplicó la prohibición no sólo a los hechos sino también a nuestras palabras e, incluso, a nuestros pensamientos. Es posible cometer un asesinato, pensaba Jesús, con la ira injustificada y el insulto (). Esta es la elevada norma moral del reino de Dios.
El carácter sagrado de la vida humana constituyó la base sobre la cual se sancionaron la pena capital en el Antiguo Testamento. «Si alguien derrama la sangre de un ser humano, otro ser humano derramará la suya, porque el ser humano ha sido creado a imagen de Dios mismo» (). La pena capital, según la Biblia, lejos de menospreciar la vida humana (al requerir la muerte del asesino), demuestra su valor único (al exigir algo exactamente igual a la muerte de la víctima). Esto no quiere decir que la pena capital se ha de instrumentar en todos los casos de asesinato, pensaba Dios mismo protegió al primer asesino, Caín, para que no la sufriera (). Personalmente creo que el estado debería retener para sí la autoridad para quitar la vida o «[llevar] la espada» (), como testigo de lo que merecen los asesinos, pero que en muchos casos (incluso la mayoría), cuando hay circunstancias mitigantes, la sentencia debería ser conmutada por la prisión perpetua.
El mismo principio, tocante al carácter sagrado de la vida humana, está en juego en situaciones en las que está amenazado el embrión humano. Dado que el embrión es cuando menos un ser humano en potencia, en términos generales su vida ha de ser inviolable. La opinión cristiana general es «pro–vida» más que «pro–elección». Considera el aborto como una forma de asesinato, excepto en muy pocas circunstancias cuidadosamente definidas, y cree que la experimentación con embriones humanos debería ser prohibida por ley.
La guerra es otro asunto que se relaciona con la cuestión de la vida humana. A lo largo de los siglos de la era cristiana las opiniones se han dividido entre pacifistas (los que creen que la enseñanza y el ejemplo de Jesús prohíben toda resistencia violenta al mal) y los defensores de la teoría de la guerra justa (los que creen que la guerra puede ser aceptable como el menor de dos males si se cumplen varias condiciones). Justifican la guerra como último recurso solamente, y no creen que el uso de armas de destrucción indiscriminada (nucleares, químicas, o bacterianas) pueda justificarse en ningún caso.