En todas nuestras oraciones debemos proceder con la mayor naturalidad posible. Tenemos que recordar que Dios es nuestro Padre y que nosotros somos sus hijos e hijas. Una cocinera de cierta edad me dijo en una ocasión: «Veo que usted puede hablar con Dios en un tono más bien confidencial. Puede contarle algunos de sus secretos, y hablarle como si estuvieran solos». Esa mujer tenía razón. Al mismo tiempo, no debemos permitir que nuestra familiaridad con Dios se convierta en irreverencia. Tampoco deberíamos imaginar que el lenguaje familiar o coloquial son necesariamente lo mejor. Hay cristianos que prefieren utilizar formas fijas de oración, y gustan de oraciones bien armadas de otras épocas. Hay varios libros buenos que contienen tales oraciones. A otros les gusta armar su propia colección y agregar algunas compuestas por ellos mismos. Al final de este libro se incluye una selección de oraciones sobre diferentes temas.
Hay por lo menos cinco clases diferentes de oración, todas las cuales deberían ser utilizadas en nuestros momentos devocionales privados. Una forma de distinguir entre ellas es pensar que, en cada una de ellas, tenemos la vista orientada en direcciones diferentes.
1. La mirada puesta en Dios
Esto es adoración. Consiste en procurar dar a Dios la gloria que corresponde a su nombre. La mejor definición bíblica que conozco de lo que significa la adoración es esta: «Siéntanse orgullosos de su santo nombre» (), es decir, deléitense en la increíble maravilla de su persona y de su revelación de sí mismo. Si la adoración se justifica por el hecho de que Dios es digno de ella, también es el mejor antídoto contra nuestro propio egocentrismo, la forma más efectiva de «desinfectarnos de nuestro egoísmo», como lo expresó un escritor hace mucho tiempo. En la adoración verdadera volvemos temporalmente nuestro perturbador yo, que en general se entremete hacia Dios y olvidamos temporalmente nuestro perturbador yo, que en general se entremete donde no le corresponde. Nos maravillamos ante la belleza y los detalles de la creación de Dios. Contemplamos la vergonzosa cruz en la que murió el Príncipe de gloria. Nos sentimos atrapados con Dios, Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Jesús nos enseñó a proceder así en el Padre Nuestro, cuyas tres primeras frases no se ocupan de nuestras necesidades sino de su gloria, de la honra debida a su nombre, de la expansión de su reino y del cumplir su voluntad. Dado que normalmente vivimos tan volcados hacia nosotros mismos, esto no nos resulta fácil. Pero es preciso perseverar, por cuanto nada hay que sea más correcto ni más importante que adorar a Dios.