Algo que puede ayudar a que nos concentremos en la adoración es el uso de un himnario, para cantar o leer en voz alta alguno de los grandes himnos tales como «Santo, santo, santo, Dios omnipotentes», «Cuan grande es él», «Castillo fuertes», «Oh, tu fidelidad». Estos himnos contribuyen a fijar nuestra atención en la persona y el carácter de Dios, y en sus maravillosas obras de creación y redención. Por contraste, con los himnos modernos que se ocupan en forma enfermiza de nosotros mismos, de nuestras propias acciones, y de nuestras propias experiencias. Por cierto que no todos, desde luego. Pienso en himnos hermosos contemporáneos como «Padre del Cielo, te adoramos», «Rey del universo, Señor de los siglos» y otros similares.
2. La mirada hacia nosotros mismos
Esto lleva a la confesión. Todos sabemos que la introspección excesiva puede ser de poca ayuda, e incluso malsana y perjudicial. Pero en medida adecuada no sólo es saludable, sino necesaria. La lectura de la Biblia nos fuerza a ser sobrios y humildes. La Palabra de Dios expone crudamente nuestro pecado, egoísmo, vanidad y codicia, y luego nos desafía a arrepentirnos y hacer confesión. Una de las maneras más efectivas de hacerlo es leer algunos de los salmos penitenciales, especialmente, tal vez, el Salmo 51 («Ten compasión de mí, oh Dios») o el Salmo 130 («A ti, Señor, elevo mi clamor desde las profundidades del abismo»).
Es saludable repasar todas las noches brevemente el curso del día para tomar conciencia de los errores o faltas. No hacerlo tiende a hacernos descuidados acerca del pecado, y nos alienta a pretender aprovecharnos de la misericordia de Dios, mientras que adquirir el hábito de hacerlo nos humilla y nos avergüenza, y aumenta en nosotros el anhelo de adquirir mayor santidad. No hay nada morboso en confesar los pecados, siempre que luego procedamos a dar gracias por el perdón que recibimos. Es muy bueno mirar hacia adentro, con tal que esto nos impulse a mirar hacia fuera y hacia arriba inmediatamente.
3. La mirada orientada hacia los demás
Esto es intercesión. Jesús nos dio un ejemplo de esto al orar tanto por sus discípulos como por sus enemigos. Pablo oraba por las iglesias que había fundado, y también por conocido personalmente (por ejemplo, ; ). También nosotros deberíamos incluir otras personas en nuestras oraciones; quizá sea el mejor servicio que podríamos prestarles.