2. Participación
Jesús hizo más que tomar y partir el pan, y tomar el vino y verterlo, diciendo «este es mi cuerpo, esta es mi sangre»; también entregó los elementos a los apóstoles, diciéndoles «¡tomen, coman, beban! Por lo tanto, no eran sólo espectadores de lo que se hacía (que veían y oían), sino participantes activos (comieron y bebieron). De la misma manera, hoy la cena del Señor es más que una «conmemoración» de aquel acontecimiento del pasado; es una «comunión», mediante la cual compartimos sus beneficios actuales. Este era el énfasis que quería darle el apóstol Pablo cuando escribió: «Esa copa de bendición por la cual damos gracias, ¿no significa que entramos en comunión con la sangre de Cristo? Ese pan que partimos, ¿no significa que entramos en comunión con el cuerpo de Cristo?» ().
De esto se desprende claramente que, en algún sentido, en el acto de la comunión «participamos» en el cuerpo y la sangre de Cristo. Pero entonces nos enfrentamos a dos interrogantes.
Primero, ¿en qué participamos en realidad? Segundo, ¿cómo participamos? La respuesta se ven el cuerpo y la sangre de Cristo. Pero, ¿qué significa eso? Significa la muerte de Cristo Jesús, junto con los beneficios que él obtuvo para nosotros mediante su muerte. Es importante tener claridad en cuanto a esto, porque algunas personas enseñan que «el cuerpo y la sangre de Cristo» significa su vida, no su muerte. Puesto que nuestra sangre es la portadora del oxígeno que permite la vida, el cuerpo y la sangre de Cristo juntos simbolizan su personalidad viviente, y es esto lo que recibimos en el acto de la comunión. Pero no fue esto lo que Jesús mismo dijo. Él habló de su cuerpo no como vivo en Palestina sino como fue «entregado» en la cruz, y de su sangre no como una que corría por sus venas cuando vivía sino como una que fue «derramada» en su muerte expiatoria. Así, «el cuerpo y la sangre de Cristo» es una figura de lenguaje sobre los beneficios de su muerte, no sobre el poder de su vida.
Segundo, ¿cómo participamos en el cuerpo y la sangre de Cristo? La respuesta católica a esta pregunta es que la «realidad interna» del pan y el vino se convierte en el cuerpo y la sangre de Cristo (tradicionalmente llamada «transubstanciación»), de manera que al comer y beber los elementos es de hecho participar de Cristo. Las iglesias luteranas enseñan la «consubstanciación», que es algo similar. Pero, en general, las iglesias