La cena del Señor

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La vida del cristiano

protestantes sostienen que así como al comer el pan y beber el vino los incorporamos en nuestro cuerpo y los asimilamos, de la misma manera, por fe nos alimentamos del Cristo crucificado en nuestro corazón y lo hacemos nuestro. En los «Artículos anglicanos», por ejemplo, el artículo 28 declara que la transubstanciación no puede demostrarse por las Escrituras, y que destruye el carácter del acto al confundir el signo con aquello que significa. El artículo 29 dice que quienes carecen de una fe viva, aun cuando reciban la santa cena, «de ninguna manera son participantes de Cristo». Por lo tanto, si no es por medio del comer y beber que recibimos a Cristo, ¿cómo es? Es por fe, de lo cual el comer y beber constituye una gráfica figura. De modo que, para volver al artículo 28, el mismo afirma que quienes «correctamente, dignamente y con fe» reciben la cena del Señor, también participan del cuerpo y la sangre de Cristo, y que «el medio por el cual el cuerpo de Cristo es recibido y comido en la Cena es la fe».

Como vimos en un capítulo anterior, la santa cena y el bautismo nos han sido dados con el fin de estimular la fe. De hecho, son los medios de gracia, principalmente, porque son medios para estimular la fe. Y la cena del Señor es un medio para estimular la fe porque ofrece en dramático simbolismo visual las buenas noticias de que Cristo murió por nuestros pecados con el fin de que pudiésemos ser perdonados. Hugh Latimer, el gran predicador de la Reforma, explicó dicho simbolismo durante su juicio en Oxford, antes de ir a la hoguera:

Hay un cambio en el pan y el vino, un cambio no que ningún poder sino la omnipotencia de Dios puede lograr, en que aquello que antes era pan ahora tenga la dignidad de exhibir el cuerpo de Cristo. Y no obstante, el pan sigue siendo pan, y el vino sigue siendo vino. Porque el cambio en no es en su naturaleza sino en su dignidad.

A esto se le llama a veces «transignificación», a diferencia de la «transubstanciación», porque el cambio de pan y vino a nuestro cuerpo, así Cristo ofrece su cuerpo y sangre a nuestra alma. Nuestra fe se proyecta más allá de los símbolos a la realidad que representan, y así como tomamos el pan y el vino, y nos alimentamos con ellos al comer y beber, así también en nuestro corazón nos alimentamos con el Cristo crucificado por la fe. El paralelo es tan marcado, y las palabras de administración tan personales, que el momento de la recepción representa para muchos participantes un encuentro de fe directo con Jesucristo. Así fue, por ejemplo, en el caso de la madre de Juan Wesley, Susana, un poco más de un año después de la conversión de su hijo. Cuando se le entregó la copa oyó decir al ministro, «da sangre de nuestro Señor Jesucristo, que fue entregada por ti», y en ese

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