La cena del Señor

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La vida del cristiano

momento, «las palabras traspasaron mi corazón, y supe que Dios por amor a Cristo había perdonado todos mis pecados».

3. Confraternidad

Cinco veces en 1 Corintios 11, en el espacio de dieciocho versículos, el apóstol Pablo usó el verbo «reunir(se)» en relación con la cena del Señor. Parecería haber considerado que se trataba de la reunión principal del pueblo de Dios en el día del Señor. Este «reunirse» o «congregarse» debería facilitarse mediante la disposición de los muebles para la comunión. En la iglesia anglicana, por ejemplo, en 1662 se estipuló que la mesa de la comunión estuviera ubicada en el centro de la iglesia o en el presbiterio. Se esperaba que la congregación se arrodillase o ubicase alrededor de ella, como una familia reunida para comer. Lamentablemente, más tarde se decidió que las mesas de la comunión (en parte porque no siempre se las trataba con el debido respeto) debían ser colocadas contra el muro oriental del presbiterio y protegidas por una baranda. En años recientes, sin embargo, muchas iglesias han sido reestructuradas de tal forma que, para la comunión, la mesa se traslada a la nave y los presentes pueden reunirse alrededor de ella. Mientras estamos de pie o arrodillados alrededor de la mesa, hombres y mujeres, padres e hijos, de diferentes trasfondos raciales y sociales, expresamos y experimentamos la indiferenciada unidad en Cristo.

Esto es lo que demuestra el partimiento del pan. No se trata solamente de que por siglos, en la cultura del Medio Oriente, «partir el pan juntos» sea la forma en que la gente confirma y cimienta sus compromisos mutuos. Se trata, también, de que el pan que comemos simboliza el carácter y los medios de nuestra unidad. «Hay un solo pan del cual todos participamos», escribió Pablo, «por eso, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo» (). Cada creyente recibe, así, un fragmento del mismo pan, porque cada cual es miembro del mismo cuerpo, el cuerpo de Cristo, la iglesia. Más todavía, dado que la hogaza de pan es emblema de nuestro Salvador crucificado, es justamente la participación conjunta en él, en Cristo (cosa que se deja ver visiblemente en la común participación en ese pan), lo que nos hace uno.

La cena del Señor, que es la comida de comunión de la iglesia en la tierra, es, además, un anticipo de la fiesta celestial. Pablo nos dice que, toda vez que comemos el pan y bebemos de la copa, «[proclamamos] la muerte del Señor hasta que él venga» ().

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